viernes, 12 de febrero de 2010

NUESTROS RÍOS: HENARES (I)


Ningún otro río probablemente, ni de dentro ni de fuera de nuestra geografía provincial, merece el tratamiento de “señor” como el Henares. A pesar de su condición real de segundón, como afluente que es de un gran río, el Henares ha marcado un camino desde el punto mismo de su nacimiento, que a lo largo de la Historia ha dado mucho que hablar, y, sobre todo, mucho que saber. Si alguien, con acertado criterio, calificó al paralelo 40 del globo terráqueo como el paralelo de la civilización, pues así lo es si nos detenemos a considerar la historia moderna, al río Henares habría que llamarle (por mi parte alguna vez lo hice) el río de la cultura, porque también lo es, y si no, pongámonos a considerar la marcada estela cultural que en su breve recorrido ha ido dejando tras de sí a lo largo de los últimos siglos: Sigüenza, Guadalajara, Alcalá, son nombres no sólo habituales, sino sonoros en cualquier tratado de arte o de cultura que se precie, aun por elemental que sea, y los nombres de Fray José, de Buero, de Cervantes, de la vieja Catedral, del palacio de los Duques, de los patios de la Universidad fundada por Cisneros, no son otra cosa sino cuentas de un rosario infinito de nombres gloriosos que tienen por hilo de sujeción el cauce del Henares.
Con el río como compañero de viaje vamos a caminara campo abajo siguiendo, lo más cerca que nos sea posible, los pasos de la corriente. Cuando el espacio del que disponemos no dé para más, pondremos el punto final para continuar otro día, pues el Henares, y sobre todo su entorno, amigo lector, por las razones ya apuntadas y por algunas más, tiene mucho que decir.
La primera novedad con referencia al Henares es que este río tiene un nacimiento conocido, concreto en el espacio, marcado incluso con un pequeño monolito junto al cuál comienzan a salir los primeros borbotones desde el santo suelo, junto a frondosos árboles y en un tapiz áspero de maleza, a cuatro pasos del pueblo de Horna.
Aunque sólo sea porque en sus proximidades quedan las fuentes del Henares, el pueblo de Horna merece ser conocido; pero es que además une a ese interés primero algunos otros, tales como la original torre de un reloj de pesas, con esfera cuadrada de piedra blanca y manillas de un herraje fortísimo, o la severa silueta del campanario con su espadaña plana, o la ermita de la Virgen de Quintanares, solitaria en el campo, donde una noche siniestra del mes de marzo del 73, les robaron la imagen de su Patrona, sin que a las de hoy se haya vuelto a saber de su paradero.
Dejamos Horna, pueblecito a la vera del ferrocarril, del que al pasar junto a él montado en una mulilla blanca, escribió Ortega y Gasset frases como ésta en una impresión sobre la marcha: “Este es un pueblecito cuyo caserío es empleado para arrebujarse por un cerrete cónico: las construcciones forman como los pliegues ascendentes de un capote de paño duro que ciñera el cuerpo. El hueco superior es el lugar que aprovecha la iglesia para levantarse y hacer al valle un gesto”. Nada que poner, y nada que quitar, a la opinión a primera vista del ilustre viajero.
El regato inicial sigue arrastrando valle abajo sus aguas por el campo de Sigüenza, Un camino de nobles rememoranzas por el que de vez en cuando los vecinos de los pueblos sintieron durante décadas el silbido estruendoso de las máquinas del tren, silbido que subía a estrellarse en las madrugadas y en las noches serenas contra el viejo campanario de la iglesia de Cubillas. El pueblo de Cubillas, pretexto apenas para justifi­car en el baile de los siglos la humilde estampa de su igle­sia románica, vigila desde los lejanos tiempos del obispo Don Bernardo, o desde antes quizá, el valle que sirvió de callejón entre las dos Españas, la del norte y la del sur, pasadizo natural entre Aragón y Castilla, vereda de armas y de ideas que dejaron huella al pasar por estas tierras.
Nadie daría un duro por él, por el río, al verlo pasar cerca de estos pueblos que a un lado y al otro de sus orillas se asoman al valle. El caudal del río ya no es el mismo con el que lo vimos nacer en las afueras de Horna, va aumentando, sí, pero muy poco a poco. Los manantiales se suceden desde el principio, pero el Henares no tomará volumen apreciable en su caudal hasta más adelante, hasta que los ríos que bajan de la sierra no viertan sobre él su contenido, y así, con su nueva concepción, retome categoría por las tierras planas de la Campiña, pero eso vendrá más tarde.
Entre Horna y Alcuneza –los dos lugares de junto al río con categoría de pueblo, aunque no de municipio, por estar ambos incorporados al ayuntamiento de Sigüenza- se esconde, no lejos de un puente bajo la vía que aparece a mano derecha, el sitio de Mojares. No encontré a nadie en Mojares la última vez que anduve por allí; era día de mercado y estaban todos en Sigüenza. No hace mucho tiempo, veo comprobando algunos datos del pasado, Mojares fue un importante centro abastecedor de carnes y de productos del campo, aunque su población fue siempre exigua.
Y poco más allá, siempre en dirección poniente que es la dirección que sigue el río, Alcuneza. El pueblo de Alcuneza está recibiendo cierto renombre durante los últimos años debido a los dos restaurantes que asientan en el extinto municipio. Pero Alcuneza es algo más que todo eso. La imagen del pueblo desde la vía del ferrocarril resulta llamativa, con sus viviendas encrestadas sobre una loma ante el telón gris del cerro del Llano; y dentro ya, la Peña de la Torre, que es roca y cueva al mismo tiempo, y la iglesia tantas veces centenaria de la Cátedra de San Pedro en Antioquía, y el río tan joven aún, y la vega… Apenas dejamos atrás el pueblo de Alcuneza, semiescondido al otro lado de las capotas de los árboles, y de nuevo el río con nosotros, el camino nos acerca hasta el desagüe del arroyo Quinto que viene de Guijosa, y que, como casi siempre, llega exhausto, criando juncos y maleza en su interior al amparo de la humedad.
La entrada a Sigüenza por esta dirección se me antoja la más señorial, la más romántica, la más saludable de las tres que yo conozco para pasar a la Ciudad de los Obispos. Concurren a muy poca distancia las vías del tren, la carretera y las corrientes del río pobres aún. Hemos dejado atrás el cruce en el que se anuncian los pueblos de Guijosa, de Cubillas y de Bujarrabal, los tres y por ese orden, ya en los límites con la provincia de Soria hacia Sierra Ministra.
Sigüenza ve pasar por sus orillas las aguas del Henares. ¡Qué decir de Sigüenza! No uno y de pasada, sino cientos de trabajos monográficos se podrían escribir acerca de la histórica Segontia, de la Sigüenza completa y diferente: Medieval, Renacentista y Barroca, importantísimo foco cultural en las tierras de Guadalajara que preferimos, por lo menos en esta ocasión y a la par del río, pasar de largo en busca de nuevas impresiones, de nuevos ambientes, de visiones nuevas, siguiendo de cerca el curso de las aguas. No muy tarde lo haremos saber.
(En la fotografía: Nacimiento del río Henares junto al pueblo de Horna)

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