martes, 1 de julio de 2008

DE VIAJE CON ORTIZ ECHAGÜE


DE VIAJE POR ESPAÑA CON ORTIZ ECHAGÜE

Ha sido el casual descubrimiento de un libro ilustrado por él, la única razón que tengo para traer a las páginas de nuestro diario la personalidad y la obra de este hombre excepcional, don José Ortiz Echagüe, un guadalajareño nacido en nuestra capital de provincia en el año 1886, y del que en su tierra se habla muy poco, casi nada, si bien existen abundantes motivos para hacerlo, a la vista de la densa obra que dejó al morir en su doble vocación: la fotografía, y los ingenios aeronáuticos; ésta última como hijo de un lugar: Guadalajara, y de un tiempo en el que su ciudad natal surgió como pionera en el campo de la aeronaútica, coincidiendo, más o menos, con la primera década del siglo XX.
Ortiz Echagüe pasó una buena parte de su niñez en la ciudad de Logroño, destino militar de su padre por aquellos años. En 1903 regresó a Guadalajara como alumno de la Academia de Ingenieros Militares. Su preparación fue fugaz y en extremo provechosa; pues a sus veintitrés años ya se encontraba en el norte de África como responsable del Servicio de Fotografía Aérea, misión que llevó a término con el mayor agrado por su parte, y que le sirvió a la vez para desarrollar en él su segunda gran pasión: la fotografía, que, a pesar de los importantes cargos que llegó a desempeñar en otras actividades, sería ésta la que le haría merecedor del general reconocimiento del que se hizo merecedor, no sólo en vida, sino también después de su muerte, acaecida en Madrid en 1980, ya cerca de cumplir su siglo de existencia.
Como lo que aquí principalmente nos interesa de su actividad profesional es la fotografía, tan sólo señalaremos los datos más sobresalientes de su quehacer como industrial, a los que dedicó la mayor parte de su vida, y que fueron su responsabilidad como fundador y primer presidente de la C.A.S.A. (Construcciones Aeronáuticas S.A.) en 1923, y más tarde, en 1950, fundador también y presidente de la primera industria española en la fabricación de automóviles, la S.E.A.T. Como prueba de la desbordante vitalidad de este guadalajareño simpar, ahí queda el dato de haber traspasado la barrera del sonido a bordo de en un reactor norteamericano, con motivo de unas pruebas técnicas en el año 1959, cuando ya contaba con una edad de 73 años.

De sus primeros pasos
Pero nuestro “Viaje por España con Ortiz Echagüe” como titula el presente trabajo, no lo vamos a hacer en la barquilla de un dirigible, ni de un reactor como hubiera parecido lo más razonable después de lo dicho; no. Lo haremos dándolo a conocer como fotógrafo, como uno de los tres fotógrafos más importantes del mundo, según lo consideró en 1935 la revista American Photography.
Como se ha podido ver en lo hasta ahora dicho, Ortiz Echagüe fue un gran impulsor de la modernidad a través de la industria en las primeras décadas del siglo XX. Su creación, en cambio, a través de la fotografía, no siguió los mismos caminos, quizás porque temía que con el fuerte impulso de la industrialización se llegase a perder una buena parte de la cultura rural española, como, efectivamente, ha venido ocurriendo tiempo después. De ahí que sus motivos principales fuesen las fiestas y costumbres populares, los castillos, los trajes, el folclore, los tipos más característicos del ambiente pueblerino, sin distinguir a favor de unas o de otras a las distintas regiones de España, que las fotografió todas, incluso una buena serie de placas con tipos y lugares del continente africano forman parte de su legado.
La primera cámara fotográfica que cayó en sus manos fue en el año 1898, regalo familiar, seguramente con motivo de sus primeros doce años. No mucho después, en 1903, realizó la más famosa quizás de toda su obra, Sermón en la aldea, tomada en el interior de una iglesia, con el orador revestido en el púlpito y el pueblo al pie, quieto y silencioso, pues el tiempo de exposición fue de medio minuto. Por entonces consiguió retratar al rey Alfonso XIII, un privilegio reservado tan sólo a los buenos profesionales.
El procedimiento empleado por nuestro fotógrafo fue puramente artesanal. Realizaba casi todos sus trabajos usando la técnica francesa del carbon-fresson, con la que consiguió un efecto aterciopelado y ligeramente rugoso en sus trabajos.

Una obra gigantesca
La obra de Ortiz Echagüe superó con creces los 28.000 negativos y cerca de 1.500 positivos originales, y que, por haber empleado en su ejecución la técnica antes dicha gozan de una originalidad y de una belleza insuperables. Las pocas obras que hoy se puedan conseguir de este autor en subastas, se pagan a precio de oro, siempre corriendo el riesgo de que se trate de una buena copia, si el interesado en adquirirla no es experto en ese tipo de obras. Sus herederos, considerando imposible por ellos mismos conservar como merece tan valioso legado, estimaron oportuno donar la mayor parte de la obra, tanto en fotografías como en negativos, a la Universidad de Navarra, cuyo Fondo Fotográfico se encarga de montar exposiciones frecuentes en diversas ciudades de España y del mundo.
Con una buena selección de sus trabajos, y con los medios de impresión entonces al uso, Ortiz Echagüe dejó publicada una extraordinaria tetralogía, divida por temas, según resulta fácil adivinar por el título de cada uno de los volúmenes que la integran: “España, tipos y trajes”, publicado en 1933; “España, pueblos y paisajes”, 1938; “España mística”, 1943, y “Castillos y alcázares”, 1956.
El tomo que dio motivo a este trabajo y del que hago referencia al principio del mismo, es el segundo de esta tetralogía, “España, pueblos y paisajes”, lleva un interesante y extenso prólogo de Azorín, en el que recoge los primeros acontecimientos de nuestra historia, y repasa con ese estilo admirable que es el suyo, una por una las distintas regiones de España en sus paisajes y sus costumbres. Creo que se trata de un ejemplar de la segunda edición, publicado en 1942. Contiene este volumen un centenar largo de fotografías en blanco y negro, y unas cuantas en color que desmerecen del resto de la obra. La reproducción de algunas de ellas, que acompañan este escrito como documento gráfico a tanta palabra escrita, está sacada de ese mismo tomo. Alguna de ellas fue tomada de la Guadalajara de los años treinta, como la de un rincón de Molina que aquí destacamos con las ruinas de su castillo al fondo. Las demás, aunque al ser trasladadas al papel de prensa y en un tamaño reducido, resten casi todo su valor a las originales de las que son copia, nos marcan, cuando menos, la línea artística de este guadalajareño ilustre, que dejó para España centenares y centenares de instantáneas inamovibles en un intento de parar la marcha del tiempo, pues ese es, además, otro de los fines de la fotografía como documento, incluso como valiosa aportación para la historia reciente y para el estudio de los pueblos, que ya va comenzando a tener un valor y una trascendencia considerables.
En tanto, vamos tomando nota de este nombre, el de José Ortiz Echagüe, un guadalajareño que nació para servir a sus semejantes, coetáneos y posteriores en el correr de los tiempos, y a fe que lo hizo bien.

José Serrano Belinchón
. “Nueva Alcarria” 14.III.2008

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